Los hombrecitos verdes huían despavoridos hacia el noroeste. El tropel lo formaban veinte, treinta, quizás más de estos seres.
Corrían sobre un plano algo inclinado en subida; y, evidentemente, iban hacia la nave oblicua en su estrechez, situada al fondo del tramo de camino visible. De sus cuerpos sólo se destacaba la silueta con una envoltura interior de discreta fosforescencia. No contábamos con más datos: eran ellos, aterrorizados; éramos nosotros, consternados.Nunca supimos el verdadero origen de la pequeñez en sus tallas, podía ser proporcional a la contracción del espectro con que los observábamos; pero todos preferimos pensar, de aquellas apariencias disminuidas, en nuestra superioridad.Cuando la orden de avanzar sobre ellos demostrándoles seguridad llegó, ya todos habían entrado y sólo se observaba una oscuridad vacía cuyos lindes no eran materiales donde antes existía la nave. Sin embargo, desde lejos nuestros jefes sí decían observarla aún.
Orientados por coordenadas espaciales se localizaron los puntos que conformaban la supuesta entrada, y fue entonces cuando supimos, que nosotros éramos ellos.
por Ana Castellanos (Cuba)


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